VIAJE AL CORAZÓN DE LA MONTAÑA

por centrolamat

Texto Centro Lamat

Fotos Santiago Manríquez

montaña sun kissed collage

Dicen que subir una montaña exige un esfuerzo no solamente físico de parte del caminante; que es un lugar de transformación donde los primeros dioses, los que nacieron el mundo, se manifiestan y dicen su palabra en la lluvia, en la piedra y en la nube que oculta la luz y la revela. También he escuchado que la montaña es un lugar donde ocurren los encuentros sagrados y que las cumbres de la tierra son las cumbres del alma. Quizá todo eso sea verdad. Moisés se retiró a la montaña y vio a Dios como una zarza ardiente; Muhammad recibió la primera revelación coránica mientras su rebaño pastaba en la cima de una colina; Jesús conversó con el profeta Elías cuando subió a orar al monte; Padmasambhava y su consorte, la dakini Yeshe Tsogyal, escondieron enseñanzas en las cavernas y montañas de Tíbet; y en los Cinco Picos de China se guardan celosamente las enseñanzas secretas de los inmortales.

Por extraño que parezca esto es así. Al subir a la montaña una tierra distinta a la percepción común se abre ante los ojos como presagio de una transfiguración personal. Hace tiempo, cuando decidí emprender mi propio recorrido hacia la montaña, me sorprendió descubrir que su geografía aparecía ante mi mirada como una equivalencia de mi ser. Conforme iba subiendo por sus veredas empinadas se hacía evidente que entre más tupido el diálogo mental, más difícil de recorrer se volvía el camino. Nunca antes había sido tan contundente esta lucidez que ponía al descubierto una sincronización entre el mundo visible y el mundo interno.

Podrá decirse que así funcionan las cosas, que la realidad percibida es un reflejo del pensamiento más íntimo que alberga el corazón humano. Sin embargo, en la montaña, las realidades que se ocultan al ojo poco entrenado exhiben su funcionamiento con total claridad.¿Será que la fuerza de la montaña opera inmediatamente en la psique, transformando el mundo en un paisaje simbólico donde es posible dar inicio a un juego de mutaciones rítmicas e incesantes con la (propia) naturaleza? Sospecho que sí, porque de pronto, levantar una piedra para colocarla en otro sitio se convierte en un acto mágico por medio del cual uno ha removido una carga personal para quedar finalmente libre. Y si el peso removido ha desprendido capas de dolor, uno siempre puede refugiarse en la cueva del silencio, ese espacio acogedor donde se recupera, en soledad, el centro perdido.

Collage Montaña Blog

cara

En la montaña, los cuatro elementos son los guardianes de esta geografía sagrada y es posible dialogar con ellos porque nosotros mismos estamos hechos de su materialidad. Canta la gente que sabe: “tierra mi cuerpo, agua mi sangre, aire mi aliento y fuego mi espíritu”. Por eso es tan fácil llamar al rayo y a la lluvia desde dentro, sintonizando un movimiento de diafragma con la fuerza electromagnética del elemental. Se podría decir también que las espinas, los ojos de agua, las rocas, el viento y el fuego son el reflejo de los acontecimientos espirituales de nuestro ser y que en este paisaje simbólico transcurren los ciclos de transformación interior.

En el núcleo más profundo de México late la enseñanza viva de la montaña. Dice un abuelo zapatista que “en la montaña nace la fuerza, pero no se ve hasta que llega abajo”. Nuestros antepasados construían “montañas de piedra”, hoy llamadas pirámides, para mostrar a través de su arquitectura escalonada, sus umbrales y niveles, nuestra propia capacidad evolutiva. Quien sube la montaña-pirámide de piedra, no es el mismo cuando baja.

Al adentrarse más en la geografía de la montaña uno puede sentirse cómodo con sus jardines secretos y maravillarse con la oración de los sapos para llamar a la lluvia. Pero ella también guarda la prueba más difícil: para decir que has conquistado la montaña debes pararte en el filo del acantilado y contemplar su abismo. Es ahí donde uno debe decidirse a saltar y abrazar la libertad del vacío. Sólo entonces te das cuenta de que en realidad has viajado a la montaña del corazón.

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