EL SENTIDO PROFUNDO DE LAS DANZAS PREHISPÁNICAS

por centrolamat

Texto Centro Lamat

Fotos Judith García

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Durante muchos siglos, la danza prehispánica ha subsistido en México como una forma ceremonial y ritual que nos recuerda el lenguaje simbólico de nuestros ancestros. El propósito original de la danza era establecer una comunión con lo sagrado, una forma de oración que ponía al danzante en contacto con una realidad más amplia, a la vez fuera y dentro de sí mismo. Con el tiempo, el sentido ritual de la danza fue revistiéndose de otros significados: se danzaba para agradecer a los elementales una buena cosecha, para convocar a la lluvia, para atraer la abundancia y la fertilidad, para recrear la relación entre el mundo humano y el mundo animal, y finalmente, en la cultura mexica –y seguramente en otras culturas–, significó una forma de preparación guerrera transmitida en los Calmécac, escuelas-templo donde los jóvenes de la nobleza recibían una rigurosa formación religiosa y militar.

Hoy en día, la danza prehispánica, en su variante más difundida en México, la mexica, ha reubicado símbolos y rituales en otros contextos culturales. De ser una práctica exclusiva de un grupo étnico, ahora forma parte del bagaje cultural del mundo mestizo. Despojada de su propósito militar, pero conservando su esencia guerrera, la danza se acerca de nuevo a su objetivo primigenio: despertar en el corazón humano el lenguaje del símbolo, de la metáfora y del sentido de sacralidad en todo lo que nos rodea. Y es en esto donde es posible adentrase en una práctica que abre un espectro amplio de conocimiento mágico y lúdico, donde la realidad es un lenguaje que puede ser descifrado a través del movimiento.

3 collage danza 1El danzante realiza un periplo dentro de sí mismo en el que paradójicamente también participan otros danzantes, quienes a su vez realizan su propio viaje de autoconocimiento. Ésta es una aventura en la que no es necesario atravesar valles, montañas y mares para luego regresar a un punto de origen: el cosmos es recorrido en un mismo lugar. Podría afirmarse que el camino del danzante inicia y culmina como una ceremonia en el círculo de la danza.

En las danzas prehispánicas asistimos a la creación, la destrucción y la resurrección del cosmos, y de este recorrido el danzante sale transfigurado: en virtud de una mutación mágica y milagrosa ha sido la luna, el sol, un colibrí, un venado y al mismo tiempo su cazador, un águila, un jaguar, el fuego, la lluvia, un grano de cacao, el grito del guerrero apache; ha cruzado el camino de las espinas (Huitzilopochtli), se ha despojado de su piel como Xipetotec, ha tocado el mundo de los muertos de la mano de Tezcatlipoca y ha resucitado en el cielo como Venus-Quetzalcóatl. Ha abrazado la totalidad y ha sido al mismo tiempo la deidad, el símbolo, el alimento y el macehual que cae de rodillas ante la majestad de la madre tierra, la gran Tonantzin. El danzante comienza evocando los cuatro movimientos cósmicos (nahui ollin), el norte, el sur, el este y el oeste, el cuadrante que recorren los cuerpos celestes, y se sumerge en un viaje onírico (un sueño), del que sólo despierta al tocar su centro: yolotl, el Corazón.

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