EL SABER DEL TOMAR Y EL DAR

por centrolamat

Texto Santiago Manríquez

Servicio Moodboard blog

Cuando se piensa acerca de valores como el dar, generalmente vienen a nuestra mente imágenes teñidas de cierto idealismo humanista. Pensamos por ejemplo que eso nos convierte en mejores personas, responsables y sensibles hacia la necesidad del otro, sin ver que la mayor parte del tiempo esta creencia refuerza una fantasía espiritual construida durante siglos a través de discursos moralistas. En innumerables ocasiones hemos escuchado la frase “al dar, recibes”, y sin cuestionar su sentido más profundo, albergamos sentimientos mixtos y contradictorios respecto al apoyo desinteresado a los demás. El día de hoy, el imaginario popular ha trastocado el valor de la ecuación: ahora escuchamos que si quieres recibir algo, primero tienes que dar, convirtiendo un acto simbólico de desprendimiento en moneda de cambio común. Este tipo de entendimiento está más cercano al trueque de objetos y mercancías que al acto mismo de compartirse y servir a los demás.

Y he aquí que tocamos uno de los aspectos fundamentales del dar, que es, sin lugar a dudas, el servicio a los otros. A menudo confundimos el significado del servicio por bondad y lo equiparamos con sentimientos placenteros acerca de cómo hemos hecho nuestra justa labor cívica y humanitaria. Es muy fácil que se tome por caridad, cuya expresión más sencilla es el apoyo monetario. Dar dinero no significa aportar un servicio, puede calificarse como un acto piadoso y compasivo, pero en realidad se trata de una transacción mediante la cual los roles son invertidos y el servicio es proveído a nosotros mismos, ya que al dar recibimos una satisfacción emocional que muchas veces valoramos más que el dinero mismo. Esta conceptualización del servicio fácilmente genera confusión, porque en la práctica no resulta una actividad del todo placentera para el individuo. Incluso puede llegar a vivirse de modo adverso, y cuando uno es enfrentado con esta yuxtaposición emocional se genera una sensación de desconcierto.

El servicio exige el sacrificio de nuestros intereses, de nuestro ego y de nuestra personalidad porque nos pide abandonar las creencias acerca de quiénes somos para convertirnos en el vínculo que un tercero requiere para su crecimiento. Por su propia naturaleza es algo incómodo: implica hablar, entender e interactuar con quienes no queremos hacerlo; así como ayudar de maneras en las que no queremos ayudar y actuar fuera de nuestra piel. El servicio a los otros requiere que nos despojemos de nuestros caprichos y prejuicios para atender a alguien más. Una tercera persona que en el mayor de los casos no va a estar agradecida, no dirá cosas agradables, ni nos dará una respuesta que nos haga sentir bien. La gente requerirá de nosotros ternura, fortaleza, estabilidad, suspensión de juicio y comprensión cuando no estamos dispuestos a ello.

Es fácil ayudar a quienes lo solicitan. Pero una vez más nos encontramos ante una situación que no puede considerarse servicio sino auxilio. El servicio implica estar a disposición de personas difíciles, de gente que no nos cae bien, a las cuales les tenemos miedo o que nos intimidan. La dificultad yace en no someternos a esas emociones y estar dispuestos a actuar pensando en el beneficio y el crecimiento de dichas personas. Esto casi siempre significa decir no, hacer un comentario que hará enojar al otro, o simplemente quedarnos callados. El servicio nos pide suspender nuestra reacción emocional ante una persona o una situación y preguntarnos: “¿qué es lo que esta persona pide, siente, necesita y quiere?” Nos pide analizar fuera del corazón, de una manera calculada y fría, para afectar a un corazón externo.

En el mejor de los casos, el servicio puede vivirse como un estado de gracia.

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