LA MEDITACIÓN COMO UNA FORMA DE (AUTO) CONOCIMIENTO

por centrolamat

Texto Centro Lamat

 

El punto que enfatizamos [con la práctica de la meditación] es el desarrollo de una firme confianza en nuestra naturaleza original.

-Shunryu Suzuki

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Durante mucho tiempo, mi entendimiento de la meditación supuso la práctica de técnicas provenientes de Oriente diseñadas para aquietar la mente, las cuales debía observar con cierta regularidad a determinada hora del día en la que me sentaba a realizar visualizaciones, posturas, respiraciones, recitación de mantras, etcétera. Este primer acercamiento me hizo consciente por primera vez de la naturaleza cambiante de los pensamientos, del incesante diálogo mental y de la poca capacidad para mantener la atención sostenida y de manera unipuntual en un objeto determinado. Muchas veces este descubrimiento trajo consigo momentos de crisis, pues lo que percibía como una identidad personal sólida, no era sino el débil reflejo de miles de estados mentales impermanentes, arbitrarios y dependientes de circunstancias externas igualmente caóticas y oscilantes.

Después de algunos años de práctica continua, aspectos más sutiles de la mente fueron manifestándose de manera espontánea y recurrente durante el transcurso de un día normal, es decir, de pronto descubrí que no tenía que sentarme a cierta hora del día para tener acceso a los beneficios de cultivar una mente disciplinada. Cuando digo aspectos sutiles de la mente me refiero a la profundización del silencio interno, a la sensación de apertura de corazón y a la contemplación de la vacuidad. Decir que el objetivo de la meditación es relajarse y poner la mente en blanco es un error recurrente y peligroso para el practicante, ya que la naturaleza de la mente abarca el surgimiento y la cesación de los pensamientos, y no anula en ningún momento formas más refinadas de reflexión analítica y de discernimiento, así como la producción de imágenes oníricas durante el sueño. Con frecuencia he encontrado que el entendimiento y la realización de la vacuidad, uno de los puntos clave para el desarrollo de la mente humana, ha sido objeto de malos entendidos y tergiversaciones. Hablar de vacuidad no significa dar poder al vacío existencialista y nihilista propagado por algunas escuelas filosóficas tanto de Oriente como de Occidente, sino de la liberación de un potencial energético que fluye sólo cuando los pensamientos no son el foco predominante de nuestra atención cotidiana. Experimentar la vacuidad supone entrar en contacto con un estado de dicha y de amor plenos, que te hace ver la realidad como un juego de imágenes impermanentes e ilusorias. Por otro lado, hay quienes parangonan los resultados de la práctica meditativa como algo secreto y difícil de alcanzar (sólo para iluminados y unos cuantos elegidos), cuando en realidad se trata de un conocimiento básico y esencial al que todo ser humano puede tener acceso si es que en su corazón surge la necesidad de contactar con su naturaleza original.

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La meditación no es sólo una técnica contemplativa sino una manera de estar y de ser en el mundo, y por lo tanto de relacionarte con los demás. La genialidad de Buda y del linaje de practicantes de esta tradición fue la realización de que la mente no es estática. Puesto que es el medio a través del cual experimentamos la vida, los beneficios de refinarla, agudizarla y descubrir su potencial son inconmensurables. De ahí la importancia de las técnicas y de la práctica disciplinada. Por ejemplo, gracias al cultivo de la atención unipuntual es que podemos sostener la visión de la vacuidad por más tiempo y desarrollar la retentiva mental adecuada que poco a poco nos permite morar con más confianza en este estado.

Me gusta pensar que en los años venideros será posible incluir en los planes de estudio de algunas instituciones educativas, la práctica de técnicas que permitan a las personas, desde temprana edad, tener acceso y conocimiento acerca de la naturaleza de su propia mente. En este sentido, la meditación debe ser entendida como una forma de empoderamiento personal y como una herramienta útil para construir una autoestima sana, que dé fuerza y poder a valores como la compasión y la solidaridad humana.

Hablar de espiritualidad nunca debe entenderse como una forma de renuncia o como una ideología. La felicidad y el gozo que aporta el desarrollo de una vida interior toman concreción en las formas de la realidad manifestada. La renuncia espiritual significa dejar atrás el mal hábito de alimentar nuestras aflicciones mentales, para dar paso a la comprensión de que las fantasías y las proyecciones de nuestros objetos mentales no son sino la expresión mágica y multicolor de la energía primordial de nuestra mente.

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